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lunes, 8 de enero de 2024

EL SALTO DEL CIERVO, Sharon Olds

Poesía

Igitur Ediciones

2018

128 páginas

Libro complejo sobre la ruptura de pareja tras treinta años de matrimonio, en poemas que evocan la construcción de esa unión y el derribo paciente y lento. El marido abandona a la poeta por una colega más joven y ella destapa con palabras todas las grietas y los pegamentos que los unieron. Analiza el amor y las rutinas y las vacaciones y el sexo que tuvieron, la intimidad y la fortaleza de la pareja (y también la inexpugnabilidad afectiva de su exmarido).
En la revisión poética de su matrimonio hay hallazgos sorprendentes como por ejemplo la última vez que hicieron el amor (en el recuerdo de la poeta, años después), los reencuentros difíciles para hablar de sus hijos, los detalles de sus últimas semanas de convivencia, la tolerancia y la dificultad para asimilar esa ruptura, un proceso lento que durará años.
La poeta habla de los espacios y los tiempos que ocuparon juntos, de sus vacaciones, de la belleza de su antiguo marido, de lo que ella consideraba hermoso y que tuvo que ir deconstruyendo paso a paso. El castillo que era su hogar desmontado piedra a piedra. El libro es triste y sanador, inteligente y cerrado, lleno de pensamientos complejos y de consecuencias en cada persona que les rodeaba. También es un libro de autoconocimiento y de exposición de la intimidad profunda de una persona dolida por una ruptura sentimental. 
La traducción poética de Joan Margarit creo que es un acierto grande del libro. 
En definitiva, un libro de dolor, de nostalgia y de esperanza tras la ruptura de un matrimonio que duró más de treinta años.

[...], la última vez, él se detuvo
en alguno de los descansos, en algún intervalo
entre los enredos, y puso su palma
en mi espalda, entre los omóplatos.
Era como si estuviese pidiendo la paz,
preguntando si esto podía terminar [...]
                                         
                                                          Del poema Misericordia



miércoles, 2 de mayo de 2007

El mar, infinito

Tras la contemplación de lo absoluto, de las olas, de la espuma, de los reflejos del sol, todo se vuelve mínimo, insignificante. Cada mañana me cruzo por la calle con personas en cuyos rostros se refleja la lucha, el sufrimiento, arrugas ganadas una a una, peleadas, llenas de pequeñas miserias que a todos nos llegan, y sin embargo se aferran (nos aferramos) a cada minuto de vida, a una incertidumbre a veces alejada de la belleza o del placer, improvisando, sin ningún objetivo claro. Lo cierto es que disfrutamos mucho más de lo que estamos dispuestos a reconocer, cada cual con una intensidad diferente; ese es el gran secreto, quizás más aún de los pesimistas que de los optimistas. He disfrutado mucho del fin de semana mirando al mar (se puede estar al lado del mar viviendo de espaldas a él), estando el agua y la brisa siempre presentes, deleitándome con el verde de los prados cántabros, contactando con la naturaleza, intentando convertir mi no-pertenencia a ese entorno en una visita lo más intensa posible: es difícil establecer la pertenencia a un lugar en el que no vives; ¿cuánto tardas en pertenecer a un lugar?, ¿es posible hacerlo en vacaciones?.