martes, 9 de marzo de 2010

La noche de los tiempos

He terminado hace unos días la novela así titulada de Antonio Muñoz Molina. Durante las casi mil páginas que abarca el libro, me ha costado horrores recordar el título del libro; aún ahora para escribir esto sobre él, he tenido que levantarme a buscarlo porque no lo recordaba. Me ha gustado su lectura que ha durado más de dos meses, me he demorado en las frases, en las pequeñas ideas que salpican un argumento que puede resumirse en muy pocas líneas, en el valor de la palabra, en la recreación de Madrid en unas fechas concretas: primero en el periodo inmediatamente anterior a la Guerra Civil y luego en los primeros meses de ésta. La historia de amor no me ha convencido del todo, aunque habla de la pasión desde distintos puntos de vista, con un final un poco forzado, con coincidencias y casualidades no imposibles, pero improbables. Me ha gustado mucho la voz de fondo que imagina desde la actualidad, con mucho oficio de narrador, yendo siempre un poco más allá de las apariencias. También las sensaciones de lo que es una guerra, de lo difícil que es desenvolverse allí para todo el mundo, incluso para los que huyen de ella por convicción. Muñoz Molina ha elegido el camino de demorarse en la escritura de describir minuciosamente detalles, de colocar en cierto modo sus pequeñas ideas, sus aprendizajes, algunas de sus opiniones de fondo en el entramado de la novela. A través de sus novelas puede seguirse su formación, su aprendizaje, sus gustos, sus ideas. Esto es bueno, creo que es honesto, que uno pone mucha parte de sí mismo en lo que escribe, de forma que cuando termina un libro es como si lo hubiese parido en el sentido de desprenderse de algo, de colaborar muy activamente en su gestación. 

lunes, 19 de octubre de 2009

Un muerto

Ayer vi un muerto en medio de una calle. No estoy acostumbrado; acaso no lo había visto nunca, así, en medio de una calle casi desierta, fría, en obras. No sé cómo murió, pero la escena invitaba al disgusto: el cadaver presente durante varias horas, hasta que el juez de turno llegara para ordenar levantar el cuerpo. Me asaltó la reflexión de lo poco que vale la vida humana. Unos minutos después leía en un periódico una columna de Vicente Verdú en la que hablaba de los que habían pasado por el mundo en toda su historia, unos cien mil millones de almas, antepasados que nos legaron toda su sapiencia, todas sus investigaciones, y que un día dejaron de existir.
Las sensaciones que no me han abandonado aún son silencio y frío, y toda la parafernalia montada alrededor por quienes son unos profesionales de los sucesos en una gran ciudad: policías, enfermeros, jueces de guardia, investigadores y los propios servicios funerarios en última instancia. Un número, uno menos, uno más, un caso teórico-práctico en el mejor de los casos. No me acostumbro.

martes, 16 de junio de 2009

¿Qué leer, qué no leer?

En las pocas ocasiones (pocas para lo mucho que me gusta hablar del tema) en las que hablo últimamente sobre libros, encuentro las más de las veces gente que lee estereotipos tremendos, que pueden bien calificarse de subliteratura. Me abstengo normalmente de hacer tales comentarios, porque eso está mal visto, provoca una situación en la que seguramente me encuentro incómodo al ser visto como un ser extraño que lee cosas diferentes. Normalmente busco en la lectura un valor añadido al texto puro y duro, un valor literario o informativo, o emocional diferente a lo que conozco, o algo que me sugiera ideas, que me haga pensar, no sólo que me entretenga o que me haga olvidar las miserias cotidianas. Por eso los libros de autoayuda me rechinan, por eso las llamadas novelas románticas me provocan urticaria, por eso los libros escritos a favor del viento de la fama del personaje me suelen revolver el estómago, y más si se trata de políticos retirados que viven del cuento, que dan conferencias por las que cobran centenares de euros al minuto, que firman ejemplares en los centros comerciales rodeados de la plana mayor local de su partido político.
La dificultad estriba en estos días en encontrar a alguien que lea literatura en estado puro, ideas concentradas al máximo, poemas que vayan más allá de la simple rima, o en el mejor de los casos de un ritmo interno, para elongarse a través de ideas brillantes. Ahí somos una potencia mundial, mucho más que en los deportes de moda, mucho más que en novelistas o en directores de cine, de los que tampoco adolecemos en este país. ¡Qué difícil encontrar a alguien con quien hablar de poesía!.

miércoles, 10 de junio de 2009

Ciencia en la sociedad

Quizás no está en el espíritu del ciudadano español nada relacionado con la investigación científica, o con la producción de artículos científicos al nivel que sea. Quizás tiene que ver con la educación, con el modelo consagrado en el último siglo de un profesor que dice cosas que los alumnos pueden o no escuchar, asimilar, comprender. Nada de experimentación, nada de aprendizaje propio, nada de ciencia. La transmisión vertical del saber conlleva elitismo, conlleva falta de motivación, conlleva el que la cultura científica en la sociedad esté infravalorada y apenas exista. Me maravillo en otros países como Francia sin ir más lejos, en el cualquier ciudadano posee conocimientos científicos que aquí en España se consideran casi de élite. Hace tiempo leí en algún periódico un artículo en el que se hablaba de esta incultura científica en la calle y proponían una sencilla prueba: preguntar a cualquier ciudadano que nos explicase porqué se producían las estaciones. Incluso en el caso en el que se ofrecieran varias respuestas a la pregunta para poder elegir, la mayoría elegía la que decía que en verano estaba más cerca el sol de la Tierra, y en invierno más lejos. La única ciencia que llega hoy a los ciudadanos es a través de medios de comunicación poco especializados, en ocasiones mal transmitida o de forma errónea o incompleta. Me he dado cuenta este año en el que no he trabajado por una excedencia que la mente si la dejas al libre albedrío, sólo pendiente de los medios de comunicación, tiende a atrofiarse. Se echan en falta revistas especializadas de divulgación en vez de tanta revista del corazón. Ahí reside uno de los errores fundamentales de nuestra sociedad.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Informes

A veces he tenido la tentación de elaborar un informe de cada persona que conozco; bueno, de todas no, de algunas, de forma que cuando pasase el tiempo pudiera recordar algunos detalles, confidencias, peculiaridades que me interesaron en su momento. He observado que esta práctica no es una idea original mía, sino que existe y creo que es ampliamente seguida en el mundo anglosajón, en el que a diferencia de nosotros intentan que todo el esfuerzo que alguien hace quede reflejado en algo productivo: producir por encima de todo, textos, notas, publicaciones del tipo que sea; así se publica mucho más que aquí, se investiga más, y lo que es más importante: mejor. ¿Qué podría incluirse en esos informes?. Hay cosas obvias, como la fecha de nacimiento si es que se ha podido conseguir, cosa no tan difícil si existe algún interés; a veces es importante el DNI, aficiones, familia, y como dije antes cualquier revelación que pudiera interesarme ahora o en el futuro. El problema es que una tal base de datos tendría que haberla empezado a hacer hace ya muchos años para poder usarla cuando fuere necesario; ahora quizás ya es tarde.
Conocí en una ocasión a alguien (aún me acuerdo perfectamente de quién es y de por qué lo hacía) que elaboraba informes o fichas de cada uno de los libros que leía. El problema es que había empezado a hacerlos hace muchos años, cuando aún la informática no ayudaba a clasificar, organizar, a tenerlo todo en poco espacio, y lo hacía manualmente, con fichas de un fichero, cosa que le desbordaba y no se decidía del todo a informatizarlo dado el enorme trabajo que eso representaba.
No sé, ahora que pienso un poco más en ello, quizás esté a tiempo de empezar con mis fichas personales.

martes, 28 de abril de 2009

Abordajes

Hay quien se dedica a observarte por la calle, según andas, según te cruzas con ellos, con el único objetivo de si puede o debe abordarte. Tu mirada, la seguridad que demuestres, la idea que produzcas en ellos es determinante para que se dirijan a ti: hoy al caminar me he cruzado con tres señoras que llevaban propaganda de los Testigos de Jehová, enseguida dos jóvenes (seguramente americanos) vestidos con el uniforme que suelen exhibir me han parecido mormones; un poco más adelante en un cruce estratégico de dos calles peatonales han aparecido varios portadores de chalecos de la Cruz Roja. Ninguno de ellos se ha decidido hoy a abordarme. He tenido suerte. Quizás el portar la sillita con el niño me ha servido para librarme de ese acoso al que a veces nos someten a diario. También hay quién encuesta, quien intenta en los centros comerciales desde que compres un filtro de agua a que inviertas tu dinero en una oficina bancaria virtual, quien pide firmas u óbolos para las causas más diversas. Casi ninguna mirada es gratuita, así es que es conveniente ensayar la mirada que vas a sostener o desviar cuando esto se produzca, aunque a veces los motivos del abordaje no tengan apenas que ver con esto: he observado durante un buen rato a los voluntarios (o no tan voluntarios, pues creo que algo obtienen a cambio) de la Cruz Roja en un cruce de calles para determinar el perfil de quienes abordaban, y sorprendentemente los chicos abordaban a chicas guapas o de buena presencia, y las chicas a chicos fornidos de buena planta. Quizás se trate tan sólo de una estrategia de seducción.

lunes, 20 de abril de 2009

Un libro en la hamburguesería

En la hamburguesería del centro comercial era la hora punta, las diez de la noche de un sábado frío del mes de abril. La cola de espera salía por la puerta del establecimiento, lo cuál no disuadía a nadie de incorporarse a ella, a sabiendas de la legendaria velocidad de las cajeras y dispensadoras de comida en estos locales. Me había vestido rápido con un chándal y había ido a buscar un par de hamburguesas para cenar; calculando que era una hora punta me llevé un libro de relatos, De que hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver.
Me costaba concentrarme en la lectura y sentía que mucha gente me miraba, unos de reojo, otros abiertamente sabiendo que yo mantenía la vista fija en el libro. Debía ser un bicho raro en la noche del centro comercial en el que no hay una mísera librería, ni un kiosco, ni ves a nadie leyendo y a la mayoría de los que por allí pululan cuesta imaginárselos leyendo en cualquier otro lugar. Prejuicios. Míos y de los otros en torno a mí. Finalmente me dedique entre párrafo y párrafo a observar a los que tenía a mi alrededor: parejas jóvenes sobre todo, pero también muchos niños, caras de adulto adustas, madres con sus vástagos sin que los padres aparecieran por ningún lado (como siempre en estas ocasiones tiendo a pensar que están viendo fútbol en bares abarrotados de gente mientras trasiegan cerveza en grandes cantidades. Prejuicios.). Me maravilló la rapidez y el exquisito trato de la joven que me atendió en la caja, seguramente trabajadora de paso en busca de una ubicación mejor. Beneficio para la empresa explotadora, beneficio para la estudiante: al ver mi libro sonrió, la única que lo hizo en el local dónde los que antes me miraban parecían despreciarme.