Ayer, mientras paseaba distraidamente en una hora de descanso laboral, observé a tres jóvenes (dos chicos y una chica) que jugaban ociosos con un perro: uno de ellos lanzaba piedras y un palo hacia unas palomas que debían tener sus nidos en los agujeros de un muro de hormigón, y el perro hacía ademán de perseguir a las palomas y además volvía siempre con el palo. Tenían una edad en la que hubieran debido estar estudiando o comenzando su vida laboral, aprendiendo a asumir responsabilidades, y sin embargo disfrutaban de un ocio seguramente amparado por el paraguas de sus padres, aún ajenos a horarios, a responsabilidades, con todo el tiempo del mundo por delante, ocupados tan sólo en matar el aburrimiento con una tormenta de ideas diaria para ver de que manera podían estar bajo el sol sin gastar el dinero que no tenían, extendiendo los juegos de su infancia todo lo posible para no sentirse inútiles o vacíos. No pude sino envidiar su concepción ilimitada del tiempo, pero sobre todo, compararlos con los chicos de su misma edad que en ese momento seguían las clases regladas para poder tener una formación, concentrados en sus tareas, con un objetivo fijo, intentando resolver su futuro de una forma aceptable, continuando con la labor de sus mayores en esta sociedad que hemos construido. Los mismos seres, pero tan diferentes...
miércoles, 23 de marzo de 2011
miércoles, 16 de febrero de 2011
Miedo de los números
A veces me asustan los números, o mejor dicho una conjunción de ellos, como una secuencia de nueves en el cuentakilómetros del coche, o varios unos en el contador de visitas de una página. En realidad el problema es la buena memoria y la cantidad de números que se nos aparece cada día ante los ojos: teléfonos móviles, matrículas de coches, fechas, direcciones IP, facturas, audiencias de televisión, etc.
Desde siempre cualquier concordancia no esperada o improbable me ha causado desasosiego, pero ahora la de los números supera a cualquiera de los temores clásicos, aunque por el contrario hay algunas secuencias numéricas que considero "buenas", de buen augurio, como una aparición masiva de cuatros o de sietes. Las que más me preocupan, seguramente por el peligro potencial que entraña la conducción, son las del cuentakilómetros del coche; así, estoy deseando que pasen tres treses o tres nueves o tres unos, cosa difícil cuando el cuentakilómetros marca 33.3xx. En fin, en frío reconozco que son manías sin base científica alguna, una suerte de supersticiones, heredadas seguramente o quizás culturales.Un clásico en numerología: el oculto significado y poder de los números, mezclado con la obsesión humana por asociar fastos y nefastos a cualquier cosa memorable.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Travesuras de la niña mala
Acabo de terminar de leer este libro de Vargas Llosa, elegido a raíz de la concesión del premio Nobel a éste autor hace unas semanas. Me ha gustado la escritura, me ha emocionado en algún instante, aunque veo una estructura novelística muy clásica detrás de todo, demasiadas coincidencias en un mundo en el que los personajes no tienen tantos recursos como para considerarlo global, demasiada simetría en algunos momentos, aunque la imaginación es fantástica. Todo estaba muy organizado, todo seguía un patrón altamente determinado, muy trabajado por el autor. Algunas escenas se me han quedado en la cabeza, como la del japonés voyeur y me han suscitado ideas curiosas sobre la condición humana, sobre la potencia de la conjunción de voluntades para engañar o excluir a alguien, sobre el vacío de algunas vidas después de todo. Quiero no obstante seguir leyendo a este autor de lenguaje muy especial, muy adaptado a sus personajes. He creído ver (como tantas veces) a un alter ego del autor en el personaje principal, hasta cierto punto, cogiendo rasgos de aquí y de allá, aunque distanciándose claramente de él en algunos momentos, pero emitiendo juicios morales muy propios de Vargas Llosa. Resumiendo, libro muy recomendable para conocer la literatura del nuevo Nobel.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
El placer de conducir
He observado durante la conducción diaria, cómo determinados condutores (sobre todo hombres) llevan una cara de satisfacción tremenda, apoyados en el respaldo con delectación mientras a una velocidad no demasiado alta circulan por la autovía. No hace falta que lleven automoviles espectaculares, de hecho suelen ser bastante normalitos, incluso tirando a un poco antiguos, eso sí, pulcros, limpísimos, cuidados hasta el hartazgo. Para sus dueños esos coches son su posesión más preciada. Ni tan siquiera van admirando el paisje, tan lleno de colores en estos días soleados de noviembre, ni a los otros conductores; van hieráticos en sus asientos, sintiendo la potencia del coche (siempre excesiva cuando se compara con otros automóviles que condujeron en el pasado), el sonido, las pequeñas o grandes vibraciones que produce el motor, sintiéndose los mejores conductores de la carretera, los hombres más felices del mundo, dueños de una tecnología que cualquiera de sus antepasados no habría ni siquiera soñado. ¡Qué felicidad! En realidad los anuncios de coches de lujo en televisión tienen razón: ¡El placer de conducir!.
miércoles, 20 de octubre de 2010
Philip y los otros
Acabo de terminar de leer la novela de Cees Nooteboom titulada Philip y los otros, considerada por el autor como una novela de juventud, un tanto romántica e inocente. Me ha parecido un relato interesante, aunque por momentos perdí el sentido de lo que se decía o contaba, pues la novela se acerca al surrealismo. Aún así, hay pinceladas importantes que me han dejado algo: la búsqueda, los estilos de vida de una época muy temprana tras la Guerra Mundial, los viajes, el vivir al margen de lo que consideramos la sociedad, subsistiendo y buscando aventuras, la belleza de algunos paisajes, la rareza de los personajes que coincide con la rareza de cada uno de nosotros, la búsqueda de la belleza aún en situaciones desesperadas. Me ha gustado el sentido de la narración, el sentido que otorgan las historias que se cuentan a cada uno de los personajes, aunque no es una narración convencional, deja muchos cabos sueltos, prepara el terreno para contar situaciones que luego no existen, es decir, en cierto modo desperdicia situaciones creadas. Posiblemente esta generosidad al cortar las historias posibles es lo que hace que tuviera tan buenas críticas en su tiempo, la posibilidad de imaginar situaciones al filo de las historias que aquí se narran. Sí me ha gustado, más en la seguridad de que he leído algo diferente, que en la calidad absoluta que le otorgo a la novela.
jueves, 14 de octubre de 2010
Premio Nobel de literatura
Aapenas he leido a Vargas LLosa, o hace ya mucho tiempo de ello y tal vez mis recuerdos son confusos. Me he dedicado estos días a preguntar a quien lo ha leído y todo el mundo opina que es un fantástico narrador, con una técnica depurada, creador de un lenguaje propio. Siento por tanto, que por culpa de mis prejuicios mediático-políticos, me he perdido algo grande en la literatura en Español contemporánea. Por un lado eso y por otro lado de repente siento la alegría de encontrarme con una obra extensa de lectura virginal para mí. ¿Cuáles son las razones por las que sistemáticamente he rechazado la obra de este escritor? En primer lugar creo que fue su intento de entrar en política en Perú, de la mano de un grupo de presión opuesto a mis ideas de entonces. En segundo lugar, su estilo de vida, o como dijo un profesor de literatura hace unos días, su pertenencia a la aristocracia literaria y su vanagloria de ello. En tercer lugar son sus artículos dominicales en el diario El País en una sección titulada pomposamente Piedra de Toque; estos artículos las más de las veces me han parecido insulsos y contrarios a mis ideas, casi siempre dedicados a desvirtuar politicamente a alguien.
Reconozco no obstante que mi alejamiento de sus novelas, nada tiene que ver con la calidad o la estructura de su escritura; si acaso, con el objeto de ésta. Así es que con un firme propósito de enmienda, acabo de adquirir Travesuras de la niña mala para ver si puedo acceder a un filón literario. Ya hablaré del libro cuando lo lea.
lunes, 4 de octubre de 2010
Los detectives salvajes
Cuando leo un libro que me gusta, a menudo me pregunto si yo hubiese podido escribir una obra parecida. Acabo de terminar el libro de Roberto Bolaño Los detectives salvajes, y en este caso mi respuesta contundente es no. No hubiera podido escribir nada parecido, ni remotamente parecido, aún incluso después de haberlo leído. En primer lugar porque mi concepción de las historias es mucho más lineal, en segundo lugar porque como escritor-lector de mí mismo, me habría interesado saber un poco más acerca de la mayoría de personajes que allí aparecen; todo es demasiado abierto para mi curiosidad natural. En tercer lugar, porque es muy difícil escribir así, imaginar una historia como esa, con tantas ramificaciones, con tantos personajes, con tantos detalles sutiles, con tanto surrealismo, con tanta poesía…
Me ha fascinado la lectura de esta obra, y eso que ya conocía a Bolaño, había leído 2666 y El Tercer Reich y me parecía un escritor de culto. Ahora creo que esta novela supera todo lo que había leído suyo anteriormente. Creo haber aprendido estilos de vida, posibilidades, caminos, formas de escribir desconocidas, pero sobre todo me ha hecho renovar mi pasión por la literatura, por la poesía, al tiempo que me ha abierto la puerta para adentrarme en escritores de los que nada sabía. Pienso que he encontrado un filón de lectura-escritura en estado puro, en otra dimensión de lo que acostumbramos, más libre, más creativa, más subversiva, sin nada que perder pero al mismo tiempo destruyendo todo lo que toca.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)