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miércoles, 23 de marzo de 2011

La vida alegre

Ayer, mientras paseaba distraidamente en una hora de descanso laboral, observé a tres jóvenes (dos chicos y una chica) que jugaban ociosos con un perro: uno de ellos lanzaba piedras y un palo hacia unas palomas que debían tener sus nidos en los agujeros de un muro de hormigón, y el perro hacía ademán de perseguir a las palomas y además volvía siempre con el palo. Tenían una edad en la que hubieran debido estar estudiando o comenzando su vida laboral, aprendiendo a asumir responsabilidades, y sin embargo disfrutaban de un ocio seguramente amparado por el paraguas de sus padres, aún ajenos a horarios, a responsabilidades, con todo el tiempo del mundo por delante, ocupados tan sólo en matar el aburrimiento con una tormenta de ideas diaria para ver de que manera podían estar bajo el sol sin gastar el dinero que no tenían, extendiendo los juegos de su infancia todo lo posible para no sentirse inútiles o vacíos. No pude sino envidiar su concepción ilimitada del tiempo, pero sobre todo, compararlos con los chicos de su misma edad que en ese momento seguían las clases regladas para poder tener una formación, concentrados en sus tareas, con un objetivo fijo, intentando resolver su futuro de una forma aceptable, continuando con la labor de sus mayores en esta sociedad que hemos construido. Los mismos seres, pero tan diferentes...

martes, 24 de abril de 2007

Primavera

Pura naturaleza, verde, acuosa, resplandeciente. Hemos subido montañas, vadeado ríos, sesteado en prados de hierba y flores, una especie de huida de la ciudad, del ruido de coches, de la contaminación, de los semáforos, de la vista uniforme con velo gris que empaña los edificios. Parece que uno vuelve con ánimos renovados tras ese contacto con la naturaleza tan espectacular. Luego pensando, veo que eso que buscamos desesperadamente los fines de semana para alejarnos del trabajo, de las rutinas, de las sensaciones diarias, está ahí, a tiro de piedra, a unos pocos kilómetros. Pero somos incapaces de verlo, de disfrutarlo, de liberarnos de las ataduras de cada día. Te das cuenta de que cargas la importancia de las cosas en aquello que no debieras, de que todo es demasiado falso, tal vez imitativo, y de que no te satisface en absoluto. O quizás todo esto es sólo un pensamiento utópico, y si todos los días pudiéramos disfrutar de lo que hemos disfrutado este fin de semana, nos acabaríamos hartando de ello, y lo encontraríamos vacuo y banal. ¿Quien sabe?.