¿Quién no tiene en su ordenador algo ilegal, una copia pirata de algo?. Esto se ha convertido en un problema para los creadores, quizás no de forma directa, pero sí de forma indirecta. De forma directa, los creadores (habría que distinguir entre diversas artes, unos están más desprotegidos que otros) no suelen ser quienes obtienen los máximos beneficios, por ejemplo alguien me contaba hace poco que por regla general en los libros el editor suele cobrar un 30%, el distribuidor otro tanto, el librero otro tanto y el autor el 10% restante del precio de venta del libro. Así es que hay intermediarios o posibilitadores del arte, que salen más perjudicados con las copias ilegales, aunque a la postre, el que estos intermediarios se nieguen a producir una creación significa que la obra no se publicita (no se edita, no se graba, no se distribuye convenientemente). Sin embargo defiendo que ciertas obras copiadas ilegalmente llegan donde no llegarían las originales, revirtiendo así en la fama, la posibilidad de que el artista pueda sacar beneficios de otra forma (las actuaciones en directo en música, etc). Por ejemplo, estoy escuchando música que no escucharía nunca de no ser porque la he obtenido gratuitamente, veo películas que no podría haber ido a ver al cine, etc. Quizás el en futuro podré leer libros en formato electrónico que sólo obtendría de las bibliotecas públicas, sin necesidad de perder tiempo en el desplazamiento. Así que de forma moderada (siempre con un orden, sin abusar demasiado, sin coleccionar por coleccionar, sin distribuir demasiado lo que pirateo), estoy a favor de que todo tipo de cultura sea accesible de forma gratuita o mejor dicho semigratuíta. Entiendo que tiene que haber un canon en todo aparato susceptible de hacer copias o de reproducirlas. Otro tema es como se reparte luego ese canon. La otra posibilidad es que los propios autores cuelguen sus obras en páginas web desde dónde puedan descargarse de forma gratuita, soportadas por la publicidad atraída por el número de descargas que se realizan, aunque esta fórmula no parece gustarle mucho a los intermediarios...
viernes, 30 de enero de 2009
lunes, 19 de enero de 2009
Leer poemas
No basta el intentarlo. Para abrir un libro de poemas hay que tener una predisposición especial, saber qué vas a encontrarte dentro, qué hermetismo, qué dificultad, qué belleza, cuál es tu estado de ánimo, cuál tu soledad, cuales tus posibilidades de disfrute. El abanico es muy amplio. Recomiendo a ser posible leer en voz alta, a ser posible también en el idioma original (aunque es muy recomendable tener una traducción al lado), y dejarse llevar por el sonido de nuestra propia voz, y releer, y no buscar nada en la primera lectura. Hace ya unos días que no leo poemas de nadie, y eso le resta ideas a mi vida, le resta romanticismo, le resta imaginación. Llevo varios años leyendo a Caballero Bonald, Somos el tiempo que nos queda, una antología poética, voluminosa, espléndida. Entre quienes leo y releo, Cavafis, Seamus Heaney, Fernando Pessoa, Raymond Carver, Baudelaire, Claudio Rodríguez, así a bote pronto. Cada uno de ellos puede alegrarme el día o la semana, o el mes. En cada uno de ellos encuentro inspiración, ideas, una voz o una presencia que me modifican el ánimo, que me perturban, que me hacen pensar mientras disfruto de un arte sublime, conceptual, lejos de la banalidad mundana que habita en la prensa, en la televisión, en las tertulias radiofónicas.
miércoles, 31 de diciembre de 2008
Regalar un libro
¡Cuánta compulsividad en las compras, cuanta prisa de última hora!. Ayer por la tarde parece que todo el mundo, que según opinión generalizada había contenido el gasto hasta ahora, se ha lanzado a la calle para preparar la cena de nochevieja y para organizar sus regalos en torno al día de los Reyes Magos. Cada año se repiten las escenas de personas que apenas tienen tiempo para comparar ni para mirar el objeto que van a adquirir, siempre con prisas, siempre pensado en que todo puede ser descambiado (como así es de hecho), y que lo importante es el valor simbólico y también el valor del dinero gastado. Es cierto que este año las cajas de las librerías echan humo al ser el libro un regalo fácil en apariencia, no demasiado caro (en comparación con otros objetos), casi siempre agradecido, y un regalo que dura al menos hasta que el citado libro es leído por el obsequiado (lo cual no siempre sucede), es decir que en cierto modo se prolonga en el tiempo. Sin embargo no es fácil regalar un libro, o no es fácil regalar un libro adecuado a la persona que lo recibe: saber que libro va a gustar, a sorprender, a perturbar (en sentido figurado, claro está) al receptor, es saber mucho de esa persona, y creo que la mayor parte de los libros se regalan sin ton ni son, despreciando por el oferente el regalo antes de haberlo hecho. ¿Cuáles son los criterios habituales para elegir un libro para alguien?. Creo que no son los más adecuados: que se venda mucho, que alguien lo recomiende, que esté en un lugar destacado de los escaparates o las librerías, que sea una novedad (totalmente a ciegas), que sea de un autor del que nos gustó una vez un libro. En todo caso criterios no personales, sin profundidad, sin dedicarle tiempo a mirar y a comparar, a leer solapas o a buscar informaciones sobre ese libro (tal vez por eso se regalan muchos libros en navidad, porque es fácil elegir sin molestarse en buscar). La verdad es que a mí me regalan pocos libros en es
tas fechas (y casi siempre que lo han hecho han sido libros muy comunes, muy accesibles en cualquier biblioteca, poco especializados, poco personalizados en suma), pero sí que me gustaría recibir como regalo un libro diferente, extraño, algo que me sorprenda y me muestre zonas desconocidas de la literatura o del pensamiento, o una obra que no suela comprar por demasiado cara, un objeto de culto (por poner un ejemplo sencillo, las Memorias de Ultratumba de Chateaubriend, obra de gran volumen, memoria de una época), o una edición difícil de encontrar. En fin con todo esto estoy reivindicando una forma de vida más reposada, con tiempo para los pequeños placeres, con reposo para saborearlos, para que algunos acontecimientos dejen de ser estándar y se conviertan en singulares, para que concentremos nuestra atención y nuestras energías en aquello que hacemos.
viernes, 12 de diciembre de 2008
Preocupaciones dominantes
Tal vez no podamos vivir sin una preocupación preponderante en nuestra cabeza de entre las casi infinitas que nos pueden asaltar cada día. Eso suele consumir una buena parte de nuestros recursos mentales. Las hay muy particulares, muy singulares, muy propias, las que no confesaremos nunca, pero las hay falsas, impostadas, creídas tan sólo por nosotros, contagiadas o nacidas de sospechas inciertas o de un falso razonamiento, o de indicios poco fiables, o fruto de nuestra incapacidad para disfrutar de una felicidad duradera. Puede ser un problema económico, o un hijo adolescente que no se centra (pero que seguro que busca y encuentra su nicho social en un futuro no demasiado lejano), o la inestabilidad laboral a la que no vemos solución, o desaprovechar todas las oportunidades que nos ofrece la modernidad para hacer algo para lo que creemos estar capacitados. Puede ser una enfermedad latente o la de algún familiar o amigo muy próximo, puede ser un desamor, pueden ser tantas y tantas cosas. De lo que estoy seguro es de que todo el mundo tiene algo en mente, algún nubarrón que antepone a todas las demás cosas, y que le suele mediatizar la mayor parte de las decisiones que toma. Algunas de estas preocupaciones nos las proporcionan los medios de comunicación (en ausencia de otras más personales) en forma de miedos, ya sea políticos o meteorológicos.
A veces estas preocupaciones que he llamado dominantes son cambiantes, depende de las personas, las hay que no pueden mantener durante mucho tiempo la misma preocupación, por la naturaleza misma de ella (de la persona o de la preocupación, la ambigüedad es buena en este caso), y así son capaces de asir cualquier cosa que flote en el ambiente: un miedo a un exterminio masivo de la humanidad por un virus, un meteorito, o una explosión nuclear, la lectura de un libro de apariencia profética o la desgracia de un remoto vecino o familiar.
En fin, tal vez sea bueno y necesario dada la especial configuración cerebral de nuestra especie (y nuestra crueldad contrastada) el que tengamos ese ruido de fondo en forma de preocupación, que nos limite y nos contenga.
A veces estas preocupaciones que he llamado dominantes son cambiantes, depende de las personas, las hay que no pueden mantener durante mucho tiempo la misma preocupación, por la naturaleza misma de ella (de la persona o de la preocupación, la ambigüedad es buena en este caso), y así son capaces de asir cualquier cosa que flote en el ambiente: un miedo a un exterminio masivo de la humanidad por un virus, un meteorito, o una explosión nuclear, la lectura de un libro de apariencia profética o la desgracia de un remoto vecino o familiar.
En fin, tal vez sea bueno y necesario dada la especial configuración cerebral de nuestra especie (y nuestra crueldad contrastada) el que tengamos ese ruido de fondo en forma de preocupación, que nos limite y nos contenga.
jueves, 4 de diciembre de 2008
Publicidad original

La gente se las ingenia como puede para vender lo que sea, bien a través de la Red, bien a través de los métodos publicitarios más diversos. Hace poco comencé a fijarme en que las farolas de las avenidas principales estaban llenas de carteles caseros y restos de otros que ya habían fenecido, por superposición, por los elementos climáticos, porque alguien los había arrancado. Es curioso como los árboles se respetan más o menos, pero todo el mundo utiliza las farolas, de hecho en el trayecto del paseo que estaba realizando hace unos días (cuando obtuve esta fotografía), comprobé que todas estaban ocupadas. En estos tiempos en los que la economía flojea todo el mundo está dispuesto a vender algo, sin intermediarios, y a ser posible pagando los menos impuestos posibles. Además lo que me llamó la atención es que no sólo los carteles caseros ofrecían cosas o demandaban trabajo, los había también de objetos perdidos o personas desaparecidas. Me llamó mucho la atención uno en el que se decía: "buscamos vaquita de peluche desaparecida el pasado sábado en este trayecto,..."; pobre niño el que lo hubiera perdido, seguro que era su mascota favorita, aunque tal vez algún otro niño haya prohijado a la vaquita.
Deben de tener mucho público las farolas, porque ya digo que estaban todas cubiertas, hasta bastante altura, y pude comprobar como varios señores con aspecto de jubilados, leían con atención varios de estos anuncios; a buen seguro si encuentran algo interesante luego se lo transmitirán a sus hijos o a sus nietos: "un chollo de piso o un coche en perfecto estado, o una camada de cachorros de Pastor Alemán preciosos,...". Todo un mundo éste de la publicidad en las farolas en el que apenas me había parado a pensar.
Deben de tener mucho público las farolas, porque ya digo que estaban todas cubiertas, hasta bastante altura, y pude comprobar como varios señores con aspecto de jubilados, leían con atención varios de estos anuncios; a buen seguro si encuentran algo interesante luego se lo transmitirán a sus hijos o a sus nietos: "un chollo de piso o un coche en perfecto estado, o una camada de cachorros de Pastor Alemán preciosos,...". Todo un mundo éste de la publicidad en las farolas en el que apenas me había parado a pensar.
lunes, 1 de diciembre de 2008
Dinero negro
Hoy había en la puerta de unos grandes almacenes unos chavales pidiendo un óbolo para el Sida. Lo que recauden será dinero negro, nadie (ningún organismo gubernamental) controlará lo que han recaudado, podrá ser utilizado para cualquier cosa. Estamos rodeados de ilegalidades en cuanto al dinero: en el taller al cambiar el aceite al coche te preguntan qué si quieres factura, sobre entendiendo que no la vas a querer (¿por qué pagar más pudiendo no hacerlo?), pues te conocen de toda la vida; en algunas tiendas de todo a cien, regentadas por chinos o no, venden cedés y deuvedés a un precio inferior al canon que se debería pagar legalmente por ellos; en el mercadillo de los domingos (atestado de gente y de copias de bolsos de Tous) no hay nunca factura de nada de lo que se vende, y hay libros con títulos recién editados que cuestan un 40% menos que en una librería. No estamos en realidad concienciados de que nos estamos defraudando a nosotros mismos, quizás porque no estamos muy seguros de que el dinero público que se recaudaría estuviese bien gestionado, quizás porque no tenemos una visión global y social de la convivencia. Tenemos demasiado poco tejido productivo, demasiadas administraciones (la administración autonómica de La Rioja por poner un ejemplo, con su parlamento autonómico y todas sus sedes y sus instituciones, para gobernar una población superior en poco a los 300.000 habitantes). En fin, que luego nos quejamos de que la economía va mal.
martes, 25 de noviembre de 2008
Libros pendientes de leer
Pesan los libros no leídos que esperan impolutos en sus baldas a que un día me decida a abrir sus páginas con delicadeza, como quien entra en sagrado. Es una delicia al mismo tiempo saberlos ahí esperando, como un bocado prometido en un banquete. Soy consciente de que algunos me defraudarán y de que otros me entusiasmarán más allá de lo que espero de ellos. Cuando termino alguno de los que estoy leyendo, a menudo me cuesta mucho elegir con cuál sustituirlo, suele depender de mi estado de ánimo, o de las ganas de lectura más o menos profunda que me asalten en ese momento. Una vez conocí a alguien que me contó que su hermano había calculado cuantos libros leía al año, y que dedicaba un tiempo al finalizar el año anterior a recolectar y almacenar exactamente aquellos libros que iba a leer (me supongo que los ordenaría si había llegado al punto de juntarlos todos pongamos que en una estantería); siempre se trataba de obras consagradas, no quería riesgos lectores (para mí es una de las aventuras más interesantes, la del riesgo en los libros). Reconozco que interviene el azar muchas más veces de las que creemos en la elección de un libro, el azar de una buena reseña, de un comentario superficial escuchado en cualquier parte, de una visita a una biblioteca, de una colocación en una estantería o en una mesa en el lugar exacto en el que se posan tus ojos.
Hay algunos libros que sin saber muy bien por qué los vas posponiendo, hasta que un buen día el peso se hace insoportable y los privilegias por encima de otros que tenías en mente. Alguno lo he dejado a propósito para cuando tuviera un momento dulce vital. Sin embargo son los libros los que nos dan el tono vital con más frecuencia, inopinadamente. Siempre hay uno de los libros que lees que se impone a los otros y nos envía todo el veneno o la miel que contiene en sus páginas, mezclado (como un reactivo) con tus pensamientos, tus ideas, tu cultura. Tengo una cierta urgencia ahora por leer las Memorias de Lorenzo da Ponte, libretista de Mozart y hombre muy famoso en su tiempo, aunque también me espera Los hombres que no amaban a las mujeres, que no hago más que ver en todas las librerías y que parece que lo quieren convertir en el Libro (con mayúsculas) de estas navidades. La lista de los libros que me esperan en las estanterías de casa es grande, ya la desgranaré otro día.
Hay algunos libros que sin saber muy bien por qué los vas posponiendo, hasta que un buen día el peso se hace insoportable y los privilegias por encima de otros que tenías en mente. Alguno lo he dejado a propósito para cuando tuviera un momento dulce vital. Sin embargo son los libros los que nos dan el tono vital con más frecuencia, inopinadamente. Siempre hay uno de los libros que lees que se impone a los otros y nos envía todo el veneno o la miel que contiene en sus páginas, mezclado (como un reactivo) con tus pensamientos, tus ideas, tu cultura. Tengo una cierta urgencia ahora por leer las Memorias de Lorenzo da Ponte, libretista de Mozart y hombre muy famoso en su tiempo, aunque también me espera Los hombres que no amaban a las mujeres, que no hago más que ver en todas las librerías y que parece que lo quieren convertir en el Libro (con mayúsculas) de estas navidades. La lista de los libros que me esperan en las estanterías de casa es grande, ya la desgranaré otro día.
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